
El pasado 7 de enero, el Estado de Guatemala por medio de su Cancillería entregó a don Alfredo Guerra-Borges la Orden del Quetzal en el grado de Gran Cruz por todas las contribuciones académicas y profesionales que ha hecho en los últimos cincuenta años y que lo convierten en uno de los pensadores latinoamericanos más destacados y prolíficos de estos tiempos. Imagen tomada de: www.flacso.edu.gt
El pasado 7 de enero, el Estado de Guatemala por medio de su Cancillería entregó a don Alfredo Guerra-Borges la Orden del Quetzal en el grado de Gran Cruz por todas las contribuciones académicas y profesionales que ha hecho en los últimos cincuenta años y que lo convierten en uno de los pensadores latinoamericanos más destacados y prolíficos de estos tiempos.
Siempre tan activo y tan humano, don Alfredo no solo es un hombre de ciencia y filosofía, es también una persona comprometida con el tiempo que le ha tocado vivir. Desde los 20 años cuando participó en la revolución del 44 ―que nos ensancha el pecho―, y en la que pudo aportar desde el Ministerio de Trabajo, desde el Diario de Centroamérica y desde otras esferas políticas; después reconocemos sus pasos en los años sesenta, buscando la integración de Centroamérica y aportando sus conocimientos en la política industrial de esa nueva era económica; más tarde, desde la Universidad Autónoma de México, como catedrático enseñando a las nuevas generaciones y como investigador contribuyendo a la construcción científica y documentada tanto de la historia económica de Guatemala y América Latina, como de la globalización y la integración necesaria, para hacerle frente. Por fortuna, la Universidad Rafael Landívar y la Flacso le han dado un espacio para enseñarnos, mientras la (querida) tricentenaria, continúa dormida y apartada de su pueblo y de sus insignes hijos.
No voy a hablar de sus años de exilio, ni de las tantas horas que seguro pasó ambicionando el regreso a una patria que a veces es tan dura con los retoños más buenos. No, no quiero perder espacio, pues hay tanto que decir de una historia de vida tan fecunda. Porque don Alfredo, sigue en la lucha. Ahora que he tenido la oportunidad de platicar con él, me ha contado algunos de sus proyectos de investigación y de trabajo, sus esperanzas, sus retos y sus metas. ¡Qué dichoso! ¡Tener el ímpetu de un joven y la sabiduría de un hombre maduro!
Desafortunadamente, los medios tan ocupados en hablar de nuestras desgracias y tan apremiados por llenar el espacio con anuncios comerciales, no han tenido ni un ratito, ni un espacio para saludar la existencia y la obra de un ilustre guatemalteco, cuya historia de vida y faenas cumplidas, debería de hacernos sentir orgullosos a todos.
Bueno, desde aquí, desde este espacio público en el que tengo la responsabilidad de escribir, aprovecho a invitarle a usted a quitarse el sombrero, a erizarse la piel, a ponerse la azul y blanco, y saludar al humanista, al que nació guatemalteco y preñó de pensamiento a toda nuestra América, al pensador, al revolucionario, al exiliado, al inconforme, al eterno joven, al amigo, al maestro, Alfredo Guerra-Borges. ¡Salud por usted, nuestro maestro Guerra-Borges!








