En todo el mundo la democracia se enfrenta a un constante escrutinio. Después de no haber más rivales a la vista, este régimen político, antes bueno por ser considerado simplemente el menos malo de todos, hoy debe sostenerse sobre sus propios logros.
Pero el éxito de la democracia se enfrenta a tres graves peligros. Primero, el poder de los grandes capitales, que son amenaza cuando chocan con el poder político, al no aceptar las reglas de igualdad propias de la democracia, o cuando lo corrompen; Segundo, el crimen organizado, que amenaza en la medida en que compra voluntades de funcionarios públicos, se asocia con empresarios y pobladores o simplemente siembra el terror entre la población. Tercero, los medios de comunicación privados, son una amenaza cuando distorsionan y obstaculizan la capacidad de los ciudadanos para adquirir información y comprender los asuntos públicos de una manera clara y sin sesgos.
En ese sentido, en Guatemala, el problema de los medios de comunicación que se financian con fondos privados es que, en muchos casos, se han convertido en una empresa cuyo principal fin es generar utilidades. Esto los lleva a publicar comentaristas y editoriales que aportan poco o nada al debate social, pero mucho a elevar las ventas o el rating, mientras sus reportajes evidencian que la crítica a todo lo público parece haberse convertido en una industria muy rentable desde los ochentas, cuando se inició el proceso de privatización y desmantelamiento del Estado. Estos dos fenómenos, aunados a la existencia de pocos propietarios, han propiciado la ruptura de los principios éticos del periodismo en democracia y la preferencia de la venta de pauta comercial sobre la generación de opinión pública.
Todo lo anterior ha hecho que hoy la mayoría de los medios privados de comunicación no solo no cumplan con su objetivo de ser espacios de deliberación y acción colectiva, sino que estén contribuyendo a romper la aún débil frontera entre la consolidación de la democracia y el anarquismo en el que prosperan empresarios y políticos corruptos que apuestan por el contrabando, la delincuencia y el narcotráfico.
Como ciudadanos debemos exigir que los medios cumplan su tarea con responsabilidad. La madurez de la democracia requiere de medios críticos no complacientes, pero éticos, que ayuden a construir, mediante el conocimiento, nuestras aspiraciones colectivas. Medios de comunicación, de propiedad variada y transparente, que lejos de limitarse a la perversa y complaciente satisfacción de identificar las fallas de la democracia y de quienes gobiernan, debatan sobre las probabilidades y propuestas para su mejora.