Jonathan Menkos

21. El beso de Judas

Los últimos acontecimientos políticos nos invitan a reflexionar sobre lo que está pasando en nuestro país.  Encontramos una mina -la Marlin-,  que continúa operando aún después de que el gobierno anunciara, el 23 de junio, que acataría las disposiciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, suspendiendo sus operaciones ante la evidente violación del derecho a la vida de los pobladores cercanos.  La guinda en el pastel, ha sido la prórroga al contrato de Perenco, para la explotación petrolera en la Laguna del Tigre, que no solo viola las leyes medioambientales, sino que hace dudar razonablemente sobre la honorabilidad y competencia de quienes están al frente de la administración pública.

Sobre este último evento, me anima, en alguna medida, encontrar que los ministros de Gobernación, Cultura y Medioambiente, votaron en contra de la ampliación del contrato, en el Consejo de Ministros. Los demás ministros, por complacientes, por desinteresados o por su muy  particular interés, votaron a favor, legitimando una decisión que pesará sobre el futuro de este país.

Debo decir que, como economista del desarrollo, me parece incomprensible que por medio de Mi Familia Progresa se apueste por el desarrollo futuro y sostenible de la gente de este país, mientras se da prórroga a un contrato lesivo para los intereses sociales y contrario a cualquier idea de desarrollo. La extracción de petróleo y la minería, bajo las circunstancias y concesiones actuales, serán pan de hoy y hambre de mañana, así es que consentir estas actividades debe ser catalogado como un beso de Judas, con el que se entrega a la nación para ser violada.  En el caso de Perenco, ojalá que las leyes de probidad y transparencia nos respondan si ha habido monedas de plata de por medio, porque dudo que hayan ahorcados por el cargo de conciencia.

Muchos ciudadanos de este país, suelen decir que todos los políticos son iguales, y que las cosas no cambian.  Lo cierto es que para que una nación cambie, todos debemos cambiar.  No busquemos funcionarios que sean abogados, empresarios, sacerdotes mayas o militares.  Como primer paso, exijámonos funcionarios éticos y con conocimiento del quehacer público.  Estas cualidades, cuando se combinan, dan como resultado un funcionario con límites a su ignorancia y a su codicia. Y, como en cualquier sociedad democrática, los funcionarios deben someter sus decisiones al escrutinio público.  Pero si usted y yo, como  ciudadanos, votantes y contribuyentes, no estamos dispuestos a hacer nuestra labor, no esperemos que las cosas cambien.  Para tener un país diferente, hay que actuar diferente.

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