Jonathan Menkos

23. En la tierra de uno

En la tierra de uno, muchos niños en invierno, parados en las esquinas, tapados con una toalla y el rostro pintado de payaso, como para ocultar la tristeza o el hambre, ven pasar los carros, la gente y los años, y se hacen jóvenes y se hacen adultos y viejos, sin probar ni una migaja del desarrollo.    En la tierra de uno, muchos ancianos mendigan y sus ojos cansados reflejan un futuro que se perdió, poco a poco, como el agua entre las manos.

En la tierra de uno, muchas mujeres se mueren no por dar vida sino por ser pobres. Y muchos niños se quedan huérfanos de su abrazo, de su esperanza y de su escuela.  En la tierra de uno, muchos campesinos famélicos jamás se han saciado con el suculento fruto de su trabajo, y sus asoleadas espaldas se van doblando poco a poco, como las de sus antepasados, desde hace 500 años. En la tierra de uno, la lluvia arrasa las chozas, cultivos y vidas, año tras año, y para los sobrevivientes solo quedan los salones comunitarios para refugiar sus lágrimas, esperando sin esperanzas el invierno del próximo año.

En la tierra de uno, uno se despide cada mañana de sus seres queridos sin tener ninguna certeza de si volverá a cobijarse en su cariño cuando regrese a casa.  Y  muchos empresarios  mezquinos evaden y eluden pagar sus impuestos, o sentarse a dialogar y buscar acuerdos para construir una nación diferente.  No quieren porque en la tierra de uno, ellos y su codicia han estado casi siempre por encima de la ley y de la ética, y sus asuntos los arreglan con políticos y funcionarios que suman para sí, lo que roban a todos.

Es que en la tierra de uno hemos olvidado esas pequeñas cosas que nos permiten construir una tierra de todos, una sociedad. Una escuela, con maestros bien preparados y bien pagados. Un centro de salud limpio y abastecido, en el que respeten la cultura de todos. Una biblioteca en cada barrio, con sillones para soñar mientras leemos.  Un parque en donde disfrutar la eterna primavera de esta tierra. Unas calles en donde caminar libremente y saludar a los vecinos.  Un techo mínimo, un plato caliente y un trabajo digno para cualquier ciudadano.

Usted, ¿No está harto de vivir en la tierra de uno?, ¿No desearía estar en la tierra de todos? Si es así, no espere a que la construyan otros, póngase a trabajar.  Esa tierra se construye a fuerza de participación, responsabilidad y exigencia personal.  Se cimienta en una conciencia colectiva que promueve la igualdad y que no permite atajos para que la corrupción o la voracidad, pública o privada, violen el básico y universal derecho de disfrutar dignamente de nuestra  humanidad.

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