Muchas de las noticias económicas y políticas de esta semana están relacionadas con la discusión del proyecto de presupuesto de 2011. Hasta el momento en que escribo esta columna, mi percepción es que el proyecto será aprobado por el Congreso de la República. En lo particular, prefiero que así sea, aún cuando dicho presupuesto esté lejos de ser algo ideal.
Si no se aprobara el proyecto de presupuesto, entonces el uno de enero de 2011 entrará en vigencia el mismo presupuesto de 2010 que, a su vez, es el mismo presupuesto de 2009, puesto que el año pasado no hubo consenso para su aprobación. Cuando no se aprueban los presupuestos la política fiscal sufre retrasos y una mayor opacidad como consecuencia de las transferencias y modificaciones que se deben hacer para adecuarlo a la realidad. Además, los programas operativos elaborados por los técnicos de cada institución se convierten en letra muerta y, junto con ellos, las metas a alcanzar.
Como consecuencia de estos problemas, los beneficiarios de la producción de bienes y servicios públicos también padecemos. Los recursos para la refacción escolar llegan hasta abril, los materiales y suministros para el sistema de salud también se retrasan y los procesos para la construcción de obra pública terminan el año a la mitad del proceso. En 2011, el presupuesto contempla recursos para realizar las elecciones, algo que no contenía el presupuesto de 2009.
El Congreso de la República tiene en sus manos la responsabilidad de aprobar el presupuesto de la Nación para 2011, pero es evidente que la sociedad debe tener una postura clara sobre los argumentos a favor de esta aprobación. Las manifestaciones que organizaciones sociales y empresariales han hecho a favor de más recursos, ya sea para salud, educación, seguridad o infraestructura, deberían ir acompañadas de una idea precisa de cómo se van a financiar sus exigencias. La política fiscal es una ecuación clara en la que, por un lado, si se desea más inversión, se debe pensar también en las fuentes de recursos posibles.
En este momento es urgente la aprobación del presupuesto para 2011, pero el próximo año, que es electoral, la sociedad debería aprovechar la oportunidad para obligar a los candidatos a la presidencia a que definan sus planes de gobierno, que serán sus cartas de navegación, y que nos cuenten cómo se va a pagar la factura de dichos planes. Porque estoy seguro que todos querrán y ofrecerán un país más competitivo, más seguro, más educado y más sano.
Usted y yo, los ciudadanos de este país, debemos estar claros que no hay un proyecto de nación sin una política fiscal que le de vida, y que los presupuestos públicos son la cara visible de la voluntad política.
