Esta semana, buscando algunos datos sobre el salario mínimo y la necesidad de redistribuir de manera justa el producto del trabajo de una nación, me encontré con el Manifiesto Comunista. Lo que más me ha impresionado del documento es su vigencia, 160 años después de su primera publicación en aquel Londres que transcurría entre la industrialización y las epidemias. Entre otras cosas, el manifiesto dice: «Toda la historia de la humanidad, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases». Esas clases sociales opuestas entre sí, han sido en todas las épocas, fruto de las relaciones económicas: libres y esclavos, señores feudales y siervos, burguesía y proletariado.
Basado en estas relaciones, hay quien lucha por un salario y quien por sus utilidades. Sin embargo, la democracia ayuda a aceitar esas tirantes conexiones, cuando de esta se deriva la garantía universal de derechos tan básicos como la educación, la salud o el trabajo. Porque la democracia es la posibilidad de construir, mediante el concurso y el interés general, una sociedad justa y equitativa.
Habrá momentos en que las fricciones entre clases intensifiquen el debate de para qué estamos viviendo en sociedad y, a partir de ese pregunta, encontremos algún punto de ganar-ganar. El aumento al salario mínimo debe ser visto como una oportunidad para debatir. En ese sentido, yo pienso que es justo el aumento al salario mínimo en una sociedad en la que el 30 por ciento de la población más rica, se queda con el 65 por ciento de todo el ingreso que se genera, según la Encovi 2006, quebrantando el desarrollo humano y la democracia.
Sí, seguro habrá que bajar momentáneamente el nivel de ganancias. Pero, en términos económicos, el aumento del salario permitirá que se incrementen las ventas de aguas gaseosas, pollo frito, pan, minutos de telefonía, entre otros. Si la evidencia empírica no falla, esto provocará un incremento del consumo, el empleo y, también, de las utilidades.
Entonces, ¿Por qué oponerse tercamente al incremento salarial? Me inclino a pensar que el tema no es económico, es más bien esa enfermiza necesidad que tienen algunos empresarios, más aquellos que gozan de privilegios fiscales, de pensar que Guatemala continúa siendo la finca que les heredaron sus abuelos. Porque para el empresario que produce bienes y servicios de consumo masivo, de venta en Guatemala, esto será un vaso de agua en el desierto de la crisis económica. Muchas investigaciones sobre la realidad reiteran esto.
Usted y yo, podremos tener posturas diferentes en cuanto al aumento salarial, pero si queremos construir una democracia plena, tendremos que lograr que el bien de todos prevalezca sobre la utilidad de unos pocos. ¡Defendamos la sociedad!
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